El corazón de las tinieblas
Este mes de enero se cumplieron 50 años de aquel nefasto día cuando los cubanos creían que esos barbudos que se tomaban el poder liderados por Fidel Castro convertirían a la isla en una sociedad pluralista y democrática. Se removía del poder a un dictador simplemente para subir al trono a uno nuevo que prometía una revolución que se ha alargado más de lo que el mundo debió tolerar. Lo que ha ocurrido en Cuba es reprochable desde cualquier punto de vista y no existen argumentos suficientes para defender un régimen totalitario que solo a convertido en esclavos a sus ciudadanos mientras los ha empobrecido paulatinamente durante cinco décadas.
Existe una parte de esta historia que pocos conocen o se olvidan intencionalmente. En 1957, Cuba era según la mayoría de las cifras internacionales la tercera economía de America Latina solamente superada por Argentina y Uruguay. Claro que no podemos justificar con esto la dictadura de Batista, pero lo que Cuba necesitaba en ese momento –y lo que en realidad sus ciudadanos pedían- era la libertad de poder elegir a sus mandatarios y gozar de una pluralidad que había sido extinguida por el gobierno de turno. La insatisfacción popular llego a extremos preocupantes que abrieron las puertas a un Fidel Castro que prometía ser ese hombre que haría realidad el sueño de las mayorías: Una Cuba libre.
Instalado en el poder, con la ayuda del Che, el nuevo gobierno eliminó a muchos de sus enemigos políticos en procesos relámpagos sin derecho a la defensa condenándolos a fusilamientos, muchas veces perpetrados por el mismísimo Guevara que hoy muchos admiran y visten en camisetas. Al final entonces se había removido a un tirado por otro, que con la asistencia de su amigo argentino mataron sin piedad a cuantos quisieron. Esta parte de la historia ya debería ser suficiente para condenar en todos los aspectos a la revolución cubana, pero el mundo siguió mirando e incluso unos cuantos en el Ecuador suspiraban en ese entonces con emular el proceso.
Con el paso de los años el nuevo dictador cubano elimino la propiedad privada y destruyo la floreciente industria nacional. Todo era hecho en nombre del bien común y quienes advertían lo que se venia para el país lo empezaron a abandonar con lo poco que tenían para empezar de nuevo en otras latitudes donde la libertad y el fruto del esfuerzo individual fuera garantizado. La revolución se defendía a si misma con sus logros en materia de educación y salud, olvidándose que muchos países del mundo habían logrado similares indicadores viviendo bajo democracias y gobiernos tolerantes a la oposición.
Hoy los líderes de America Latina abren sus brazos para dar la calida bienvenida un régimen totalitario y sangriento en lugar de condenarlo como debieron hacerlo hace 50 años, incluso nuestro Presidente califica a Cuba como una democracia sin pensar por un segundo en la intolerancia que reina en la isla. Ese experimento caribeño de los hermanos Castro con seres humanos debe servir como referente de aquello que no puede volver a repetirse. Cuba es el más grande ejemplo del fenómeno de la maldad humana y quienes defienden ese régimen mientras llevan vidas muy cómodas en otros países deberían preguntarse a si mismos lo que seria vivir bajo una dictadura de pensamiento único que no admite discrepancias. Al final las balsas no van de Miami a La Habana, y si los cubanos buscan salir de su hogar arriesgándolo todo, algo espantoso debe ocurrir dentro.
Articulo Publicado en La Revista La U (Ecuador) y Revista Emergente (Guatemala)
Existe una parte de esta historia que pocos conocen o se olvidan intencionalmente. En 1957, Cuba era según la mayoría de las cifras internacionales la tercera economía de America Latina solamente superada por Argentina y Uruguay. Claro que no podemos justificar con esto la dictadura de Batista, pero lo que Cuba necesitaba en ese momento –y lo que en realidad sus ciudadanos pedían- era la libertad de poder elegir a sus mandatarios y gozar de una pluralidad que había sido extinguida por el gobierno de turno. La insatisfacción popular llego a extremos preocupantes que abrieron las puertas a un Fidel Castro que prometía ser ese hombre que haría realidad el sueño de las mayorías: Una Cuba libre.
Instalado en el poder, con la ayuda del Che, el nuevo gobierno eliminó a muchos de sus enemigos políticos en procesos relámpagos sin derecho a la defensa condenándolos a fusilamientos, muchas veces perpetrados por el mismísimo Guevara que hoy muchos admiran y visten en camisetas. Al final entonces se había removido a un tirado por otro, que con la asistencia de su amigo argentino mataron sin piedad a cuantos quisieron. Esta parte de la historia ya debería ser suficiente para condenar en todos los aspectos a la revolución cubana, pero el mundo siguió mirando e incluso unos cuantos en el Ecuador suspiraban en ese entonces con emular el proceso.
Con el paso de los años el nuevo dictador cubano elimino la propiedad privada y destruyo la floreciente industria nacional. Todo era hecho en nombre del bien común y quienes advertían lo que se venia para el país lo empezaron a abandonar con lo poco que tenían para empezar de nuevo en otras latitudes donde la libertad y el fruto del esfuerzo individual fuera garantizado. La revolución se defendía a si misma con sus logros en materia de educación y salud, olvidándose que muchos países del mundo habían logrado similares indicadores viviendo bajo democracias y gobiernos tolerantes a la oposición.
Hoy los líderes de America Latina abren sus brazos para dar la calida bienvenida un régimen totalitario y sangriento en lugar de condenarlo como debieron hacerlo hace 50 años, incluso nuestro Presidente califica a Cuba como una democracia sin pensar por un segundo en la intolerancia que reina en la isla. Ese experimento caribeño de los hermanos Castro con seres humanos debe servir como referente de aquello que no puede volver a repetirse. Cuba es el más grande ejemplo del fenómeno de la maldad humana y quienes defienden ese régimen mientras llevan vidas muy cómodas en otros países deberían preguntarse a si mismos lo que seria vivir bajo una dictadura de pensamiento único que no admite discrepancias. Al final las balsas no van de Miami a La Habana, y si los cubanos buscan salir de su hogar arriesgándolo todo, algo espantoso debe ocurrir dentro.
Articulo Publicado en La Revista La U (Ecuador) y Revista Emergente (Guatemala)
Labels: Fernando Coronel Velasco


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