¿Quiere usted ser intelectual? -- articulo publicado en EL LIBERAL (dic. 2006)
“En las inconmensurables extensiones del tiempo, vemos como la vida avanza y asciende desde su origen hasta el hombre, y no podemos negar que a la humanidad todavía le aguardan infinitas posibilidades de perfeccionarse.”
Thomas Mann
Se dice, y de manera cierta, que muchas veces los denominados “intelectuales” no son más que individuos ideológicamente deshonestos. Puntualmente en Europa y América Latina se ha creado la idea que al utilizar un vocabulario extravagante y oponerse a todo, uno podría llegar al Olimpo de la intelectualidad.
Muchos dicen ser de “izquierda”, pero utilizan y se benefician de manera diaria de objetos y tecnologías que no fueran accesibles de no ser por la revolución industrial como punto de partida y del modelo - en gran parte cuestionado - de Adam Smith. Lo teléfonos celulares que utilizamos, los televisores, las radios y así un listado infinito, son el resultado de invenciones y patentes que aparecieron en los países del libre mercado. O dicho de forma más clara, los instrumentos más utilizados en el mundo hoy por hoy, no son más que el resultado de economías de mercado, negar eso, no es solo negar la realidad, sino negar los hechos y la historia.
Luego de una búsqueda profunda por tratar de plasmar a lo que ha sido reducida lamentablemente la intelectualidad en Europa y América Latina, tuve la suerte de toparme con este irónico articulo, publicado en Diario El País de España por Almudena Quintana, que creo resuelve el tema de una forma excepcional y con un toque de humor inclusive. De vez en cuando necesitamos reírnos hasta de nosotros mismos.
Cuando alguien expresa algo que tu querías decir de una forma verdaderamente abrumadora, hay que, abiertamente reconocerle el merito y dejar que sea ella quien lo diga por ti. Por esa razón transmito a ustedes el artículo de Almudena:
¿Quiere usted ser un intelectual? ¿Le apetece aparecer en innumerables eventos y publicaciones como el ideólogo de moda? ¿Le gustaría que la gente le reconociera por la calle como ese señor que habla tan bien en la tele y dice cosas tan serias y meditadas? ¿Ya se ha comprado ropa de intelectual y ha sustituido las lentes de contacto por otras de cristal? Pues veamos cómo puede usted ingresar en el Olimpo de la intelectualidad. Quién sabe, tal vez llegue a compartir auditorio con el mismísimo Noam Chomsky.
Para ser un intelectual públicamente respetado hay que asumir todo un código de corrección política que no es fácil de interiorizar. Tiene que parecer usted un rupturista, alguien que va contra corriente y ataca el “statu quo”, pero al mismo tiempo tiene que hacer todo lo posible para mantenerse firmemente colocado en la corriente intelectual central. Conviene ensayar mucho antes de comenzar a aparecer en eventos diversos con esa etiqueta, la de intelectual. Hay que aprenderse las contradicciones inherentes al puesto de intelectual, con vistas a incurrir sistemáticamente en todas ellas mereciendo así el aplauso de público y crítica. Por ejemplo, para ser tenido por intelectual debe usted apoyar apasionadamente la libertad de las personas. Así, defenderá con énfasis todos los derechos de los individuos por encima de los viejos dogmas y de las ideas preconcebidas... ¿Todos? Bueno, claro, no se le vaya a ocurrir defender los derechos económicos: eso no está bien en un intelectual. Usted limítese a defender derechos que no impliquen comerciar, emprender ni emplear. En el momento en que hable usted de libertad de horarios comerciales, o de libertad frente a las regulaciones burocráticas excesivas, o de derecho al intercambio, estará condenado a perder la etiqueta de intelectual y adquirir la de oscuro lobbyista a favor de las grandes empresas. O sea que libertad para unas cosas sí y para otras no, ¿entendido?
También tiene que aprender a identificar los mejores enemigos en cada momento y arremeter sañudamente contra ellos. Eso le dará muchos puntos. En el momento presente, los enemigos más populares, los que más odio concitan, son la globalización, las multinacionales y el “neoliberalismo”. Ah, claro, y los Estados Unidos, pero ése es un enemigo clásico, siempre está a mano. Así que desarrolle usted un discurso cóctel en el que agite y mezcle bien todos estos supervillanos, y seguro que cosecha un gran éxito como intelectual. Para empezar, puede acusar a la globalización de encerrar a los países en vías de desarrollo. ¿Cómo que es una contradicción? Pues claro, pero ya le he dicho que debe aprender a convivir con ellas si quiere dárselas de intelectual. Y sobre los Estados Unidos, ya sabe: agregue su discurso a la corriente mayoritaria, cultive el mito de que el país norteamericano es una sociedad insolidaria y ultraviolenta donde nadie tiene un mínimo de cultura y todo el mundo va armado hasta los dientes para protegerse de millones de “serial killers” que acechan a la vuelta de cada esquina. Y no me vaya a salir con que esa falsa visión contradice el éxito de ese país en todos los frentes, porque sobre esa contradicción se basa el discurso marco de la intelectualidad europea y latinoamericana.
Otra línea importante de argumentación intelectual es minar la confianza en Occidente. A Occidente hay que acusarle de arrogancia criminal frente al resto del mundo, y de querer imponer sus ideas a sangre y fuego. Ya, ya sé que esto contradirá su discurso relativista y pro-derechos individuales, pero no importa. A ver si le entra en la cabeza de una vez que para ser intelectual no hay que ser coherente, sino incoherente. A ver, si dijera usted cosas razonables, sencillas e inteligibles, ¿quién le iba a tener por intelectual? Así que ya sabe: Occidente es culpable de todos los males del mundo, y los pobrecitos integristas que quieren masacrarnos son unos hérores que luchan legítimamente por su civilización, amenazada por nosotros. Es muy importante ese “mea culpa” porque da sensación de sinceridad: nosotros somos los malos. Con pesar, para que quede más creíble.
Ah, muy importante, para ser considerado intelectual hay que despreciar el dinero. Le recomiendo ensayar ante el espejo una mueca intelectual de asco que resulte bastante sincera, y repetirla cada vez que alguien hable de dinero. Debe ir implícito en su mensaje intelectual que el dinero es una maldición y que usted, como buen intelectual, reside en una ascética torre de marfil situada muy por encima de tales ruindades. La última vez que tocó dinero debió de ser hace dos años, cuando bajó al mundo a comprar el pan. Y seguro que usó guantes. Los demás ingredientes de su auto lavado de cerebro ya los conoce. Hay que llevar el ecologismo hasta sus últimas consecuencias, sean cuales sean. Hay que ser muy crítico respecto a la sociedad propia y cultivar en cambio una adoración pedante hacia las demás, sobre todo las menos occidentalizadas (pervive, transmutado, el mito rousseauniano del “buen salvaje”). Hay que odiar las marcas comerciales. Hay que ignorar muchas cosas (sí, sí, para ser intelectual es preciso ignorar): el funcionamiento de la bolsa, las estrategias financieras, los mecanismos de ampliación y disminución de capital, los autores incómodos (desde Adam Smith hasta Milton Friedman y de Bastiat a Hayek). Pero no se preocupe, es fácil ignorar a estos autores porque de todas formas le costaría mucho encontrarlos en una librería europea o latinoamericana.
Si sigue todos estos consejos y tiene un poco de maña, pronto tendrá usted un etéreo diploma de intelectual progre (es una redundancia: a los no progres se les niega sistemáticamente toda consideración intelectual). Doctorado ya en Pensamiento Único Inverso, podrá salir en todas las teles y radios, escribir en los periódicos y participar en múltiples foros. Cautivará a muchos estudiantes idealistas que le colocarán en un pedestal. Entrará a formar parte del santoral de izquierdas, de la corte celestial postmarxiana. Tal vez hasta le inviten a presentar una ponencia en el Foro Social Mundial (eso sería lo más de lo más). Y si además escribe medio bien, pues hasta puede ganar el Nobel de Literatura (el de Economía no, que ése se le suele dar a los liberales, naturalmente).
A esto ha quedado reducida la intelectualidad occidental.
“El mayor descubrimiento de mi generación es que los seres humanos pueden cambiar de vida cambiando de actitud”
William James
Thomas Mann
Se dice, y de manera cierta, que muchas veces los denominados “intelectuales” no son más que individuos ideológicamente deshonestos. Puntualmente en Europa y América Latina se ha creado la idea que al utilizar un vocabulario extravagante y oponerse a todo, uno podría llegar al Olimpo de la intelectualidad.
Muchos dicen ser de “izquierda”, pero utilizan y se benefician de manera diaria de objetos y tecnologías que no fueran accesibles de no ser por la revolución industrial como punto de partida y del modelo - en gran parte cuestionado - de Adam Smith. Lo teléfonos celulares que utilizamos, los televisores, las radios y así un listado infinito, son el resultado de invenciones y patentes que aparecieron en los países del libre mercado. O dicho de forma más clara, los instrumentos más utilizados en el mundo hoy por hoy, no son más que el resultado de economías de mercado, negar eso, no es solo negar la realidad, sino negar los hechos y la historia.
Luego de una búsqueda profunda por tratar de plasmar a lo que ha sido reducida lamentablemente la intelectualidad en Europa y América Latina, tuve la suerte de toparme con este irónico articulo, publicado en Diario El País de España por Almudena Quintana, que creo resuelve el tema de una forma excepcional y con un toque de humor inclusive. De vez en cuando necesitamos reírnos hasta de nosotros mismos.
Cuando alguien expresa algo que tu querías decir de una forma verdaderamente abrumadora, hay que, abiertamente reconocerle el merito y dejar que sea ella quien lo diga por ti. Por esa razón transmito a ustedes el artículo de Almudena:
¿Quiere usted ser un intelectual? ¿Le apetece aparecer en innumerables eventos y publicaciones como el ideólogo de moda? ¿Le gustaría que la gente le reconociera por la calle como ese señor que habla tan bien en la tele y dice cosas tan serias y meditadas? ¿Ya se ha comprado ropa de intelectual y ha sustituido las lentes de contacto por otras de cristal? Pues veamos cómo puede usted ingresar en el Olimpo de la intelectualidad. Quién sabe, tal vez llegue a compartir auditorio con el mismísimo Noam Chomsky.
Para ser un intelectual públicamente respetado hay que asumir todo un código de corrección política que no es fácil de interiorizar. Tiene que parecer usted un rupturista, alguien que va contra corriente y ataca el “statu quo”, pero al mismo tiempo tiene que hacer todo lo posible para mantenerse firmemente colocado en la corriente intelectual central. Conviene ensayar mucho antes de comenzar a aparecer en eventos diversos con esa etiqueta, la de intelectual. Hay que aprenderse las contradicciones inherentes al puesto de intelectual, con vistas a incurrir sistemáticamente en todas ellas mereciendo así el aplauso de público y crítica. Por ejemplo, para ser tenido por intelectual debe usted apoyar apasionadamente la libertad de las personas. Así, defenderá con énfasis todos los derechos de los individuos por encima de los viejos dogmas y de las ideas preconcebidas... ¿Todos? Bueno, claro, no se le vaya a ocurrir defender los derechos económicos: eso no está bien en un intelectual. Usted limítese a defender derechos que no impliquen comerciar, emprender ni emplear. En el momento en que hable usted de libertad de horarios comerciales, o de libertad frente a las regulaciones burocráticas excesivas, o de derecho al intercambio, estará condenado a perder la etiqueta de intelectual y adquirir la de oscuro lobbyista a favor de las grandes empresas. O sea que libertad para unas cosas sí y para otras no, ¿entendido?
También tiene que aprender a identificar los mejores enemigos en cada momento y arremeter sañudamente contra ellos. Eso le dará muchos puntos. En el momento presente, los enemigos más populares, los que más odio concitan, son la globalización, las multinacionales y el “neoliberalismo”. Ah, claro, y los Estados Unidos, pero ése es un enemigo clásico, siempre está a mano. Así que desarrolle usted un discurso cóctel en el que agite y mezcle bien todos estos supervillanos, y seguro que cosecha un gran éxito como intelectual. Para empezar, puede acusar a la globalización de encerrar a los países en vías de desarrollo. ¿Cómo que es una contradicción? Pues claro, pero ya le he dicho que debe aprender a convivir con ellas si quiere dárselas de intelectual. Y sobre los Estados Unidos, ya sabe: agregue su discurso a la corriente mayoritaria, cultive el mito de que el país norteamericano es una sociedad insolidaria y ultraviolenta donde nadie tiene un mínimo de cultura y todo el mundo va armado hasta los dientes para protegerse de millones de “serial killers” que acechan a la vuelta de cada esquina. Y no me vaya a salir con que esa falsa visión contradice el éxito de ese país en todos los frentes, porque sobre esa contradicción se basa el discurso marco de la intelectualidad europea y latinoamericana.
Otra línea importante de argumentación intelectual es minar la confianza en Occidente. A Occidente hay que acusarle de arrogancia criminal frente al resto del mundo, y de querer imponer sus ideas a sangre y fuego. Ya, ya sé que esto contradirá su discurso relativista y pro-derechos individuales, pero no importa. A ver si le entra en la cabeza de una vez que para ser intelectual no hay que ser coherente, sino incoherente. A ver, si dijera usted cosas razonables, sencillas e inteligibles, ¿quién le iba a tener por intelectual? Así que ya sabe: Occidente es culpable de todos los males del mundo, y los pobrecitos integristas que quieren masacrarnos son unos hérores que luchan legítimamente por su civilización, amenazada por nosotros. Es muy importante ese “mea culpa” porque da sensación de sinceridad: nosotros somos los malos. Con pesar, para que quede más creíble.
Ah, muy importante, para ser considerado intelectual hay que despreciar el dinero. Le recomiendo ensayar ante el espejo una mueca intelectual de asco que resulte bastante sincera, y repetirla cada vez que alguien hable de dinero. Debe ir implícito en su mensaje intelectual que el dinero es una maldición y que usted, como buen intelectual, reside en una ascética torre de marfil situada muy por encima de tales ruindades. La última vez que tocó dinero debió de ser hace dos años, cuando bajó al mundo a comprar el pan. Y seguro que usó guantes. Los demás ingredientes de su auto lavado de cerebro ya los conoce. Hay que llevar el ecologismo hasta sus últimas consecuencias, sean cuales sean. Hay que ser muy crítico respecto a la sociedad propia y cultivar en cambio una adoración pedante hacia las demás, sobre todo las menos occidentalizadas (pervive, transmutado, el mito rousseauniano del “buen salvaje”). Hay que odiar las marcas comerciales. Hay que ignorar muchas cosas (sí, sí, para ser intelectual es preciso ignorar): el funcionamiento de la bolsa, las estrategias financieras, los mecanismos de ampliación y disminución de capital, los autores incómodos (desde Adam Smith hasta Milton Friedman y de Bastiat a Hayek). Pero no se preocupe, es fácil ignorar a estos autores porque de todas formas le costaría mucho encontrarlos en una librería europea o latinoamericana.
Si sigue todos estos consejos y tiene un poco de maña, pronto tendrá usted un etéreo diploma de intelectual progre (es una redundancia: a los no progres se les niega sistemáticamente toda consideración intelectual). Doctorado ya en Pensamiento Único Inverso, podrá salir en todas las teles y radios, escribir en los periódicos y participar en múltiples foros. Cautivará a muchos estudiantes idealistas que le colocarán en un pedestal. Entrará a formar parte del santoral de izquierdas, de la corte celestial postmarxiana. Tal vez hasta le inviten a presentar una ponencia en el Foro Social Mundial (eso sería lo más de lo más). Y si además escribe medio bien, pues hasta puede ganar el Nobel de Literatura (el de Economía no, que ése se le suele dar a los liberales, naturalmente).
A esto ha quedado reducida la intelectualidad occidental.
“El mayor descubrimiento de mi generación es que los seres humanos pueden cambiar de vida cambiando de actitud”
William James


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